Música, Virtuosidad y una Patria...

Publicado el 03 de julio del 2016 a las 00:00:00 en la categoría Reflexiones en el Blog por Laura Elizabeth Gutierrez Gallardo










El 22 de febrero de 1810, en Zelazowa Wola, cerda de Varsovia, en tiempos de guerra, mientras la heroica Polonia luchaba contra el dominio de Prusia, Austria y Rusia, sin obtener victoria, nace Frédéric François Chopin, hijo de padre francés y madre Polaca.

El niño prodigio de Varsovia – que ha sido orgullo de la historia de Polonia – tuvo una infancia plena, en compañía de sus padres y hermanas, quienes día a día cuidaron de su precaria salud manifestada desde su nacimiento, la cual más tarde le arrebataría la vida.

Su virtualidad musical comienza a los siete años de edad, cuando publica su primera composición, producto de sus muy tempranos estudios en contrapunto y armonía.

Con el impetuoso romanticismo que caracterizó a la etapa musical en la que vive, nacen los nocturnos, preludios, mazurcas (danzas polacas), baladas, estudios y conciertos que se constituyen rotundamente de las experiencias vividas por “Frycek”, quien demostró ser un músico nacionalista que apoyó la independencia de Polonia, país al que no puedo regresar después de su exilio durante la invasión Rusa. Resultado de este difícil estilo de vida en el que Chopin no puedo estabilizarse ni física ni emocionalmente más que por ciertos lapsos de tiempo,  son los sentimientos de tristeza, nostalgia y pasión que surgen al escuchar obras como el Noctuno en do menor op.48 No.1. Éste poema adverso que emergió durante el sufrimiento de los tormentos de su lenta muerte, ocasionada por la tuberculosis que se llevó consigo el lama virtuosa, joven, y sobre todo, humana de un hombre que mediante su música nos incita a iniciar un viaje a través del tiempo e imaginar las pasiones guardadas dentro de un ser guerrero, especial y único, cuyo verdadero refugio y deshago fue un piano.

Lejos de los extraordinario y lo técnico, este gran compositor refleja una nueva forma de creación meramente pasional, obligando a los interpretes de sus obras a concentrarse, más que en la dificultad técnica, en elementos  que representen las condiciones extra musicales de la obra, como los contraste de volumen bajos o moderados, o el legato esencial en sus nocturnos. Todo esto siempre con el fin de lograr trasmitir un sentimiento o emoción propia, ya que jamás podremos siquiera acércanos a interpretar lo que él sentía al momento de tocar y componer; cada momento de su vida lo convirtió en música, una música que afortunadamente ha llegado a nuestras manos por medio de las partituras y a nuestros oídos por medio de otros grandes músicos que han dado vida a su legado a través del tiempo.

En comparación  con el gran Beethoven, Chopin, compuso sus obras con gran suavidad, con relajación, siempre destacando la línea melódica sobre el acompañamiento, creando así una distintiva cantabilidad que pudo alcanzar con una ornamentación muchas veces improvisada mediante trinos y otros sencillos adornos.

El amor, la tragedia, la soledad y el éxito se conjuntan en cada obra. Bien vale la pena tomarse unos instantes para escuchar a Frédéric Chopin. No hace falta ser un gran conocedor de la música para disfrutar las sensaciones de melancolía y goce, causadas por las mezclas de sonidos y matices que conforman las expresiones musicales características de este magnífico autor. Desde el día de su muerte en 1849, Polonia no conoció jamás a alguien igual.

 


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