Química de un actuar humano: Química del amor

Publicado el 20 de junio del 2018 a las 07:12:05 en la categoría Reflexiones en el Blog por Ada Karen Garces Lezama










Albert Einstein dijo una vez que explicar lo que sentimos por esa persona especial bajo los términos estrictos de la química del amor es restarle magia al asunto. Sin embargo, lo queramos o no, hay procesos como la atracción o la pasión más obsesiva donde la neuroquímica delimita por sí misma un fascinante y complejísimo territorio que define también parte de lo que somos.

El amor, desde un punto de vista romántico o filosófico es algo de lo que poetas y escritores nos hablan a diario. A todos nos encanta sumergirnos en estos universos literarios donde se idealiza un sentimiento que a veces, todo hay que decirlo, da forma a más misterios que certezas. Sin embargo, del enamoramiento -como tal y desde un punto de vista biológico- son los neurólogos quienes pueden darnos datos más precisos; menos evocadores eso sí, pero objetivos y reales al fin y al cabo.

Asimismo, también los antropólogos nos ofrecen una interesante perspectiva que encaja muy bien con la química del amor que conocemos a través de la neurociencia. De hecho, si algo ha cautivado desde siempre a esta área del saber ha sido la idea de conseguir identificar los procesos que subyacen en esas parejas que crean vínculos duraderos y que son capaces de construir un compromiso estable y feliz.

Los antropólogos nos explican que la humanidad parece hacer uso de tres “tendencias” cerebrales distintas. La primera es aquella donde el impulso sexual guía gran parte de nuestras conductas. El segundo hace referencia al “amor romántico”, ahí donde se generan relaciones de dependencia y de un alto coste emocional y personal. El tercer enfoque es el que conforma el apego saludable, ahí donde la pareja construye una complicidad significativa de la que ambos miembros se benefician.

Ahora bien, más allá de entender qué garantiza la estabilidad y la felicidad en una pareja, hay un aspecto que a todos nos interesa. Hablamos del enamoramiento, hablamos de la química del amor, de ese proceso extraño, intenso y desconcertante que a veces nos hace poner la mirada, la mente y el corazón en la persona menos adecuada. O por el contrario, en la más acertada, en la definitiva.

Si los poetas románticos levantaran la cabeza descubrirían asombrados que esa pulsión, ese "fuego helado" en el que se consumían por sus amadas estaba provocado por algo tan físico como la dinámica química que arrastran las endorfinas, un tipo de hormonas. El psiquiatra José Miguel Gaona explicó que el amor, aunque no suene "especialmente romántico", no deja de ser una conjunción de reacciones químicas, ligadas a otros estímulos como alimentación, actividad sexual "o aficiones similares". Ese tipo de reacciones tienen una función determinada, como es crear vínculos que permitan cuidar a la descendencia, "no para que nos sintamos bien porque los humanos seamos el centro del universo", puntualizó. Las endorfinas "Es hielo abrasador. Es fuego helado. Es herida que duele y no se siente", así definía Quevedo esta emoción causada, según Gaona, por las endorfinas, unas hormonas que actúan como neurotransmisores y que aumentan en los momentos placenteros de la vida. En concreto, intervienen la norepinefrina, la dopamina y la feniletilamina. Y es que, a pesar de la ingente cantidad de corazones en mil formatos que se regalarán el próximo 14 de febrero durante San Valentín, los sentimientos no se generan en el corazón, sino en el cerebro. Las fases del amor Nos enamoramos paso a paso, en tres fases distintas: Primera fase: reconocemos en la pareja actitudes, virtudes y otros elementos clave que responden a la frase "me parece atractivo", explicó Gaona. Segunda fase: "es el momento de las fantasías desbocadas, en el que atribuimos cualidades extraordinarias a nuestra pareja debido al bienestar endorfínico que nos produce su cercanía". Tercera y cuarta fase: En las dos últimas etapas hay más trato y actividades en común, y se crea un vínculo emocional y sexual, con una segregación importante de la feniletilamina, que también aparece en el chocolate, de ahí que no sea casual que se considere a este dulce como a un sustitutivo del sexo. El amor es una droga Quienes comparan el amor con una droga no carecen de razón, es precisamente cuando deja de segregarse esta sustancia cuando surgen los problemas, y es que las endorfinas, junto con las apomorfinas, son las hormonas que inducen a la adicción. Gaona considera que las relaciones no tienen por qué terminar una vez que acabe el amor romántico, a pesar de que esta sensación sea "sumamente adictiva". Y es aquí donde los poetas románticos tienen cierta culpa de los problemas de pareja de hoy en día, "hasta el XIX nadie se casaba por amor, sino por intereses, mientras que el amor se reservaba para los amantes".


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